Con los rayos del sol está empezando a pasar hoy lo que hace años ocurrió con el humo del tabaco. Los mayores recordarán que vivíamos en una nube de humo.
Empezábamos a fumar a escondidas a los doce o trece años. Los grandes fumaban aunque hubiera chicos en el mismo ambiente cerrado y también fumaban las mujeres embarazadas.
En las casas había ceniceros por todos lados, también en la mesa porque fumábamos entre plato y plato y antes del postre. Fumábamos en el cuarto donde dormíamos; fumábamos al levantarnos, en ayunas, el cigarrillo que nos acuchillaba los bronquios; fumábamos en la cama al irnos a dormir y corríamos el peligro de quedarnos dormidos y que la brasa del cigarrillo queme mantas y sábanas y nos ahogue a nosotros. Y fumábamos en el baño, tanto que algunos portarrollos de papel higiénico venían con cenicero incorporado. Fumábamos sin usar las manos cuando escribíamos a máquina, lavando los platos o cosiendo calzoncillos. Fumábamos en los vestuarios y algunos llegaban a fumar mientras jugaban al fútbol.
Los ómnibus y los aviones tenían sector de fumadores en la parte de atrás, así que fumaban los de atrás porque querían, pero también los de adelante aunque no quisieran.
Todos éramos fumadores, unos activos y otros pasivos, en ómnibus, aviones, oficinas, hospitales, reuniones de trabajo, cines y teatros, clases de la facultad, comidas, fiestas, bares y restaurantes.
Hasta que nos llegó la conciencia de lo mal que nos hace el humo a todos: a los que quieren fumar y a los que no quieren pero se tienen que tragar el humo ajeno.
Fue así que fumar pasó a ser una actividad privada, de marginales irresponsables que si se quieren suicidar con el tabaco no deben de ningún modo contaminar con su humo a los que no quieren. Así es nuestro mundo, donde te podés suicidar, pero sin salpicar.
Bueno, resulta que el sol es tanto o más peligrosos que el humo del tabaco o cualquier humo que metamos en nuestros pulmones. Los rayos del sol arrugan la piel, dan cáncer, acortan la vida… matan. Nueve de cada diez cánceres de piel son por culpa del sol y nosotros tan tranquilos tomándolo como lagartos, casi desnudos (y sin casi), como si fuera lo más glorioso del planeta. Solo por nuestra salud deberíamos exponernos al sol del verano tan abrigados como en pleno invierno o cubiertos como los beduinos en el desierto (esos sí que saben lo que mata el sol y no tienen un pelo de tontos).
Es cierto que los filtros solares son bastante más eficaces que los filtros de los cigarrillos, pero cuestan un ojo de la cara. Ya hay colectivos de dañados por el sol que están pidiendo que los protectores solares se incluyan como remedios preventivos en los planes de salud, lógicamente para aquellos que deben exponerse al sol por su trabajo, pero también para aquellos que quieren ir a la playa y no tienen plata para comprar un filtro que los proteja.
En poco tiempo más tomaremos conciencia clara y colectiva de lo peligroso que es el sol para todos, pero especialmente para los que tienen piel blanca y ojos claros. Nos parecerá un suicidio andar al sol sin protección, así que lo trataremos de impedir en nosotros y en nuestros semejantes. Y las autoridades sanitarias intentarán prevenir, que es el modo más barato de cuidar la salud de los ciudadanos.
Esas autoridades –nacionales, provinciales y municipales– deben ir haciéndonos tomar conciencia de la necesidad de cuidarnos del sol. Ya se ha adelantado el gobierno de la provincia de Buenos Aires, que se prepara para lanzar un protector solar gratuito masivo para el verano del año que viene. Buena idea para imitar, pero las autoridades de Misiones pueden hacer muchísimo más proporcionándonos toda la sombra que necesitamos en los lugares públicos en los que transcurre una parte importante de nuestras vidas.